Aunque no pude asistir a la sesión del 11 de marzo, al ponerme al día con mis compañeros supe que la clase utilizó el Mito de Paris para discutir un problema central en la resolución de conflictos: qué ocurre cuando quien debe actuar como mediador deja de ser neutral. En el mito, Paris es elegido para decidir cuál de tres diosas Hera, Atenea o Afrodita es la más bella. Sin embargo, cada una intenta influir en su decisión ofreciéndole algo: poder, sabiduría o el amor de Helena. Paris elige a Afrodita, y esa decisión termina desencadenando la Guerra de Troya. La conclusión es clara: cuando quien media se deja influir por intereses o deseos personales, el conflicto no se resuelve, sino que puede ampliarse.
Según lo que comentaron mis compañeros, en clase se reflexionó sobre cómo esos “sobornos” no siempre son evidentes en la vida cotidiana. En el aula, por ejemplo, pueden aparecer como simpatía hacia un estudiante, miedo a la reacción de los padres o incluso experiencias personales que hacen que un docente interprete un conflicto desde una posición previa. En ese sentido, la objetividad no es algo automático, sino una práctica que requiere conciencia de los propios sesgos.
También se relacionó esta idea con el Modelo Harvard de negociación, que propone la importancia de utilizar criterios objetivos y transparentes para resolver conflictos. En lugar de decidir según posiciones personales o intereses particulares, se busca basar las decisiones en principios que puedan justificarse independientemente de quién resulte beneficiado.
A partir de esto, lo que me queda como reflexión es la importancia de preguntarme desde qué lugar estoy interpretando una situación antes de tomar partido. Como futuro docente, intentar reconocer mis propios sesgos puede ser una forma de evitar decisiones apresuradas y procurar que las personas involucradas en un conflicto sientan que realmente fueron escuchadas.
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